Einstürzende Neubauten // 6 de mayo 2008-05-08




Fotos:
Oscar García
Cuando vas a un concierto de Einstürzende Neubauten sabes lo que vas a encontrar: experimentación sonora, atmósferas envolventes y cabreos a ráfagas porque la gente no deja de hablar mientras Blixa Bargeld y compañía trenzan sonidos increíbles… para los que están en las primeras filas. Ésta era la segunda ocasión en la que pude disfrutar del sonido de estos “nuevos edificios a punto de derrumbarse”. La primera vez, hace un par de años, me quedé totalmente trastornado con una propuesta que incluía instrumentos self-made (con tubos de construcción, latas, botellas, bidones y una aspiradora). En esta actuación, sin embargo, no pude evitar sentir que la sensación de estar presenciando unos Neubauten más adocenados, más planificados: cada uno en su lugar, construían en el aire estructuras melódicas igual de impresionantes, pero algo menos intrincadas y más cercanas al formato “canción” de toda la vida.
Pero que nadie se lleve a engaño: unos Einstürzende Neubauten más adocenados siguen siendo el triple de salvajes que un grupo cualquiera de la generación brit-pop (por poner un ejemplo al azar). Las canciones de su último álbum (Alles Wieder Offen, 2007) arrebataban a la primera escucha: Nagorny Karabach y su polifonía producida con un torno, el surrealismo industrial de Let’s do it a dada o, sobre todo, ese Weil Weil Weil que debería convertirse en la canción de taberna de las minas industriales extraterrestres en la era de la colonización espacial. Aunque los instrumentos eran menos sorprendentes, resultaba imposible no quedarse con la boca abierta cuando, por ejemplo, el sonido directo conseguía integrar perfectamente el infierno provocado por la caída de cientos de varillas metálicas sobre el escenario. Y ya que hablamos de inevitables: imposible no tener escalofríos cada vez que Bargeld chillaba, plenamente consciente de que su voz es una textura musical más. Una textura escalofriante que cerraba su caracterización como imponente maestro de ceremonias a medio camino entre el Nosferatu de Murnau, Bela Lugosi y un Kaiser alemán vestido de traje chaqueta negro.
El perfecto punto y final lo puso un endiablado juego musical en el que cada miembro del grupo improvisaba en base al contenido de unas “cartas” que extraían de una bolsita. En las cartas ponía cosas como “silencio”, “cambio de ritmo”, “grito” o cosas más absurdas como “trío”. El resultado: cinco minutos de montaña rusa post-industrial en la que, al igual que en el resto de su actuación, el gótico industrial y el kraut-rock se tocan por la punta de los dedos en un milagroso equilibrio. Hay quien habla de caos cuando se refiere a Einstürzende Neubauten. Y también quien habla de ingeniería de sonido. Pero, tras verlos en directo, es más correcto pensar en artesanía y orden. Algo curioso si tenemos en cuenta que, tal y como dije al principio, siguen siendo un grupo salvaje y animal que se zampa el escenario, la sala en la que tocan y los edificios que les rodean.
Texto:
Raül De Tena


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