BUDAPEST
Dice un proverbio húngaro que para distinguir a una mala persona de entre la multitud basta comprobar si su rostro se transforma en el momento de la risa. Cuanto más desencajado sea el gesto -reza el dicho- peor será la persona en cuestión.
De haber conocido este proverbio en mi juventud, quizá no habría abandonado temporalmente mis estudios para viajar a Hungría con el pretexto de conocer a un escritor a quien entonces procuraba una profunda admiración y al que todavía hoy no he tenido ocasión de leer. Creo que de haber sabido que la risa puede delatarnos, convertirse en un espejo interior, revelador de las verdaderas y maliciosas intenciones que nos mueven, casi con total seguridad no habría tomado aquel tren con destino Budapest. Habría preferido quedarme en casa, abismado para siempre en algún pensamiento subversivo, sin entender cómo a mis 22 años aún podía carecer de una risa distintiva y propia. En vez de esto, en las contadas ocasiones en que tenía oportunidad de reír, lo hacía con un ademán presuntuoso y amanerado, a todas luces delatador. Mi mayor logro hasta la fecha había consistido en proferir una sonada carcajada durante la proyección de una película de Bergman, personaje insólito con quien compartía un sentido contenido e importuno de la vida, una actitud que entonces consideraba intelectual.
Ahora, sin embargo, dispongo de un nutrido catálogo de risas que me esmero en perfeccionar, frente al espejo, cuando me quedo solo en casa. Por la mañana, río a lo Marlon Brando, desganado por la crueldad de mi existencia, en un gesto soez contra el mundo por tener que madrugar. De ahí hasta la noche, mi risa va haciéndose cada vez más angulosa y penetrante, y del Gargamel del mediodía me voy transmutando en un tipo de aire torvo y risa incisiva, un Nosferatu cualquiera, una criatura verdaderamente peligrosa a quien todo hace gracia a la luz de la luna. Me parezco entonces a aquella joven a la que seduje durante 500 kilómetros (los que separan Praga y Budapest) y que me hizo reír a mandíbula batiente mientras hacíamos el amor entre los asientos. Una mujer tan insólita como Bergman a la que, por no conocer aquel proverbio, juré amor eterno mientras ella reía, eludiendo el compromiso, con una expresión cáustica de gozo que, a ratos, la hacía irreconocible.
Benjamín García-Rosado Bordallo


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